QUE NO DECAIGAN NI LA AUTORREGULACIÓN NI EL DEBATE ABIERTO

 

 

 

            Cada vez son más numerosos los botones que se encienden para que empecemos a tomar muy en serio la tremenda fuerza de la televisión como productora de cultura, de hábitos sociales, de criterios éticos y estéticos, de formas concretas de vivir e incluso de prejuicios dogmáticos sobre lo bueno y lo malo.

 

            Según el informe Anual de la Profesión Periodística 2006, la televisión es el medio al que los españoles de hoy otorgamos mayor confianza. Es más: puestos a seguir la actualidad informativa, el canal que más utilizamos es, con mucho, la televisión (80,3 por ciento), seguido de los periódicos (44,7), los espacios radiofónicos de noticias (37,3) e Internet (11,8).

 

            Según un estudio elaborado por el Instituto de la Infancia, cerca del 70 por cien de los menores de dieciocho años ven más de dos horas de televisión al día. Y no se piensen que son los más pequeños los más asiduos, porque los tres grupos en que se ha segmentado el estudio (de 8 a 10 años, de 11 a 13 y de 14 a 18) por ahí se andarán a la hora del consumo, con diferencia de décimas.

 

            Si unimos estos datos a la consideración de que en la televisión el trípode tradicional de la comunicación (informar, formar y entretener) se está reduciendo al puro espectáculo de la diversión continua, más atento a los principios comerciales de la rentabilidad que a principios como el de veracidad o servicio público, comprenderemos que toda reflexión sobre este tema resultará poca si tenemos en mente el enorme impacto de su repercusión social.

 

            Cuando hace dos años las principales cadenas de televisión firmaron con el gobierno un “acuerdo de autorregulación”, publicaron los “criterios orientadores” y contemplaron la creación de una “franja de protección reforzada” en el horario infantil, ATR aplaudió la iniciativa y decidió colaborar en ella poniendo en marcha los equipos de seguimiento para observar los resultados de esa autorregulación cada seis meses.

 

            Aunque, como se ha podido comprobar en nuestros cuatro informes, esos resultados no hayan sido muy satisfactorios, debemos reconocer al menos que la existencia de este Código de Autorregulación es ya una respuesta responsable de las principales cadenas de televisión y un primer compromiso voluntario con la sociedad por parte de las mismas.

 

            Lo que importa ahora es seguir adelante. Por ejemplo, que las cadenas firmantes promocionen en sus propios programas no sólo el Código de Autorregulación, sino también la página web a la que poden acudir las críticas de la audiencia y que la Comisión Mixta de Seguimiento, prevista en el mismo Código, salga de su autismo y se abra a otros agentes sociales.

 

            Las dimensiones del problema son lo suficientemente importantes como para ampliar el diálogo público con valentía y sin ningún temor a la crítica. Tan legitimados están para trabajar sobre los contenidos de la programación los gestores de las cadenas como las familias, los educadores, los profesionales de la comunicación, las organizaciones de consumidores, las autoridades públicas, los pediatras, los psicólogos, los responsables de la salud pública, etc.

 

            Una televisión decente y de calidad en horario infantil nos interesa a todos como ciudadanos y despreocuparnos de ello significaría una dejación de derechos y de responsabilidades. De ahí que valga la pena insistir tanto en la autorregulación como en la difusión abierta de conceptos como “alfabetización audiovisual”, “dieta audiovisual”, “alternativas de ocio creativo”, etc., ya que lo que está en juego es muy importante.